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Por Ivanckaroo Banzai

Coraline narra las desventuras de su preadolescente protagonista homónima. Por motivos laborales sus padres se mudan desde Míchigan a una casa de alquiler en las afueras de un pueblo de Oregón. Enfadada por dejar atrás su vida anterior, ni consigue la atención que busca de sus padres ni tolera la presencia de sus vecinos. El aburrimiento la lleva a explorar la casa y encontrar una secreta puerta diminuta que conduce a un mundo paralelo en el que parece que todos sus caprichos pueden hacerse realidad… pagando un precio: sus ojos.

Coraline es una película que serpentea entre géneros pasando del drama costumbrista a la comedia de situación, y de la fantasía infantil al bien llamado body horror. Si se juntan el talento de Neil Gaiman en la narración, la visión de Henry Selick en la dirección y la artesanía de Laika Studios es realmente difícil que el producto final no sea de alta calidad. Ante todo es una película en stop-motion con todo lo que eso conlleva, tanto de costes de producción como de libertad a la hora de plasmar escenas de gran belleza y complejidad visual.

El británico Neil Gaiman, particularmente popular entre el público femenino, ha hecho carrera de la fantasía prodigándose en el mundo del cómic con obras como Sandman o escribiendo novelas como American Gods. Tampoco es ajeno al mundo del cine, habiendo participado en películas como la deliciosa La máscara de cristal. Bebiendo de cuentos clásicos como Hansel y Gretel, Gaiman explora en Coraline la fuerza de la imaginación como medio para escapar de la realidad, pero también advierte de los peligros de vivir en una fantasía; si Coraline renuncia a sus ojos, renuncia a ver la realidad, y por tanto a enfrentarse a ella y madurar. Tampoco faltan los elementos arquetípicos: la bruja/madre que fagocita a la heroína aislándola del mundo exterior, las tres pruebas similares a las adivinanzas de las esfinges, el objeto mágico que se le entrega a Coraline en su búsqueda, los aliados… Y al final el arco del personaje se cierra abandonando su niñez y tomando las riendas de su vida.

Henry Selick a la batuta es una decisión casi obvia teniendo en cuenta su experiencia con películas similares como la archiconocida Pesadilla antes de Navidad o la decepcionante James y el melocotón gigante. El director estadounidense adapta con precisión la historia de Gaiman a un guion audiovisual y además compone escenas estéticamente preciosas, a medio camino entre las luces navideñas y el tenebrismo barroco. Incluso puede verse en una secuencia un cielo impresionista.

Más que recomendable película que, al igual que la maravillosa Kubo (también de Laika Studios), puede no ser apta para el sobreprotegido público infantil contemporáneo por sus elementos de terror, más habituales en la década de los 80 con clásicos como Retorno a Oz o Cristal Oscuro.

Nota: 9