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Por Paco Latorre

Justo antes de entrar a ver John Wick 3 discutía con un amigo como el cine ha ido resbalando en su concepción de vehículo de entretenimiento para convertirse en desencantada industria. No descubrimos nada si mentamos la cantidad de secuelas, remakes, reboots y demás señales de agotamiento creativo merendado por la cadena de montaje.

Lo curioso es que John  Wick 3; que es una secuela de una secuela que a su vez era secuela de una película que por espíritu en sí ya era secuela, remake y reboot de muchas anteriores que ya habíamos visto pero con otro nombre; es hija de nuestro tiempo cinematográfico churrero pero al mismo tiempo esperanza para el público perdido por la desgana. Difícil de explicar más allá de apelar al talento o al ingenio, pero lo que en The Predator daba vergüenza ajena y hacía llorar al niño Jesús en la saga John Wick hace dar codazos a quien te ha acompañado al cine.
En la primera media hora de John Wick 3 hubo dos momentos en los que -con timidez, para qué engañarnos- el público de la sala aplaudió espontáneamente, nadie pareció sacar el móvil y al encenderse las luces la gente se levantaba de las butacas con una sonrisa. Formando parte del rebaño, doy mi sello de aprobación.

La película es -¡por supuesto!- más de lo mismo: el equivalente cinematográfico a un arcade ochentero de ir echando cinco duros y matando malos hasta la pelea final. Pero, lo dicho, sea por gracia o talento o iluminación divina supone una dignificación del cine como parque de atracciones que tiene un arranque portentoso más allá de lo derivativo de su argumento (me vino a la mente otro comienzo ejemplar contemporáneo: el del Amanecer de los muertos de Zack Snyder) y una ligereza bien llevada, consciente de ella misma y de su público. Quizás no sea más que garrafón, pero la diferencia está en la simpatía con que es servido.

Nota: 7