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Por Paco Latorre

Las justificadas expectativas creadas en torno a Midsommar reflejan bastante bien el resultado final de una película ambiciosa, grande de metraje y valentía, y ganas de epatar de una manera más o menos artera. 

A Ari Aster le sigue pasando lo mismo que al resto de compañeros de vestuario: parece que tengan que justificar de cualquier modo el hacer cine de terror. Ya en Hereditary el elemento dramático turbador y tremendista (rozando la pornografía emocional) se dedicaba a vapulear al espectador para que luego los elementos terroríficos diesen el tiro de gracia, pero en Midsommar todavía redobla esa fórmula. Innecesariamente.
El principal problema que tiene la película es que pasa demasiado tiempo tratando de perfilar a unos personajes que todos y todas sabemos que van a acabar siendo carnaza (más si se ha visto El hombre de mimbre, que indisimuladamente fusila/homenajea). Ari Aster se toma molestias en dotar de una profundidad psicológica e intelectual (y es que el hecho de que los protas sean una psicóloga y unos antropólogos es una imbecilidad cuando luego vas a tratarlos como monicacos propios de un slasher) porque sigue pareciendo que tenga que pedir excusas por dar miedo. 

Entendedme bien, la película mantiene la tensión durante las casi tres horazas que dura y la subtrama de la relación tóxica de pareja  de los protagonistas funciona casi que por casualidad, los elementos folk siempre son agradecidos por desconocimiento del adversario; pero la sensación que Aster da es la de querer siempre subrayar que aunque filme espeluznes es alguien listo y culto y el espectador tiene que darse cuenta. Es cuando comienza el -previsible- festival de terrores varios cuando el tremendo talento del director para lo sombrío y  la tensión pone la piel de gallina, que es a lo que se va cuando el reclamo es ver cine de género.
Misommar es, con todo, una película que es muy interesante antes que muy buena película (que también), además de la constatación de que su director puede hacer una realmente importante cuando sea capaz de sacudirse los complejos.